A la mañana siguiente, Arthur localizó al periodista local en una tranquila cafetería de la plaza del pueblo. Con el recorte de periódico arrugado en la mano, Arthur le explicó la extraña obsesión del loro por la fotografía. «Sé que suena a locura», admitió Arthur, mientras daba un sorbo a su café solo. «Pero el pájaro reaccionó de forma muy intensa ante el rostro de este chico. ¿Hay alguna posibilidad de que su familia haya perdido un guacamayo escarlata?».
La periodista suspiró con simpatía, repasando sus notas sobre la noticia, antes de negar lentamente con la cabeza. Explicó que el niño de la foto era su sobrino, que había vivido en la capital toda su vida y era alérgico a las plumas. —Lo siento, Arthur —dijo con dulzura, dándole una palmadita en el brazo—. Él nunca ha tenido un pájaro. Tu amigo emplumado seguramente solo reconoce el parecido con un niño pequeño.
Arthur volvió a subir la colina, sintiendo un gran peso en el pecho, ya que aquella pista falsa le había devuelto al punto de partida. Aquella tarde, una tormenta repentina se cernió sobre las montañas, casi como un eco de la tristeza que sentía Arthur.