Tras veinte minutos de esfuerzo agotador, la criatura por fin empezó a ceder ante la presión. Mike fue recogiendo el carrete lentamente, moviendo la caña arriba y abajo mientras acercaba aquella pesada masa a la superficie. Se asomó a las cristalinas aguas del océano, esperando ver la esbelta sombra gris de un tiburón martillo o la amplia silueta de un tiburón tigre.
En cambio, un destello cegador y antinatural rompió la luz bajo la embarcación. Mike parpadeó y se frotó los ojos, incrédulo. De entre el agua emergía una criatura de un naranja brillante y resplandeciente, un tono tan intenso como una puesta de sol ardiente.
Medía aproximadamente seis pies de largo, tenía una cabeza ancha y prehistórica y unas escamas en forma de cresta que le recorrían el lomo. Sus ojos pálidos y fantasmales parecían reflejar el sol de la mañana. Mike se quedó paralizado en la cubierta, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Parecía un monstruo mítico, una anomalía viviente que emergía de las profundidades.