William se quedó sentado en silencio, asimilando el peso de la historia. Pensó en el hombre que había conocido: aquel padre amable y tranquilo al que le encantaba hacer bricolaje en el jardín. Se quedó sentado en silencio, intentando encajar las piezas. Ruth no le había dado una respuesta clara. Había descrito a un hombre que se había salido de la norma, pero no había descartado la posibilidad de una implicación profunda y oscura. La verdad seguía siendo difusa, oculta tras el muro de silencio de su padre.
Se dio cuenta de que nunca sabría hasta qué punto su padre había hecho o dejado de hacer ciertas cosas. Esa incertidumbre recaería ahora sobre él. Era una carga pesada y fría. Visualizó a su madre en su mente. Ella lo había querido lo suficiente como para ayudarle a desaparecer. Quizá esa fuera la única verdad que importaba. No solo había sido una esposa devota; había sido cómplice de un gran y desesperado engaño. Lo había querido lo suficiente como para ayudarle a borrar su pasado, y lo había querido lo suficiente como para no dejar nunca que la verdad lo definiera.
Sintió una extraña y profunda sensación de paz. No tenía que justificar las acciones de su padre para amar su recuerdo. Solo tenía que aceptar que su padre era un ser humano complejo y herido, con todos sus defectos. Sus padres habían construido una nueva vida sobre unos cimientos muy inestables. Habían sobrevivido y habían protegido a él y a sus hermanos menores de las sombras de su propio pasado.