Treinta minutos más tarde, Nora estaba sentada en su escritorio, terminando las notas para el relevo de turno. Al perro se le había secado, se le había envuelto en mantas calefactadas y se le había administrado un bolo de líquidos. Se encontraba estable y dormía a ratos en una sala de triaje vacía.
De repente, un alboroto rompió el silencio del pasillo. El perro se había despertado. Desorientado y jadeando frenéticamente, ignoró el cuenco de agua que Sarah le había dejado. Salió trotando torpemente de la sala de triaje, con el hocico pegado al suelo, gimiendo con un gemido agudo y urgente, lleno de desesperación.
Pasó de largo por delante de Nora sin mirarla y se dirigió directamente hacia Sarah, que llevaba la bolsa de plástico azul hacia el lavadero para tirarla a la basura. Antes de que Sarah pudiera reaccionar, el perro se interpuso en su camino, sujetó con suavidad pero con firmeza las asas de la bolsa de plástico entre sus mandíbulas y se la arrebató de las manos. —¡Eh! —exclamó Sarah, sorprendida. El perro no se comió ni rasgó la bolsa de plástico. En cambio, se dio la vuelta, se dirigió trotando directamente al escritorio de Nora y dejó caer la bolsa justo junto a sus botas.