La policía acude en masa a una granja local después de que un veterinario hiciera un espantoso descubrimiento en el interior de una yegua preñada

La tormenta que se desataba fuera del granero de Ben no era nada comparada con el terror que se vivía en su interior. Su preciada yegua, Felicia, yacía de costado, hiperventilando y emitiendo gemidos bajos y dolorosos. Ya había superado la fecha prevista del parto, pero su cuerpo rechazaba violentamente el parto. A Ben le temblaban las manos mientras le acariciaba el cuello, rezando para que sobreviviera a la noche.

Felicia era el último vínculo con su difunto padre, quien le había dejado la granja familiar, que atravesaba dificultades. Desesperado por salvar la propiedad, Ben había asumido un enorme riesgo financiero: gastarse sus ahorros para criar un semental campeón a partir de Felicia. Debido a su avanzada edad, la cría tradicional resultaba demasiado arriesgada. Un veterinario local le recomendó la inseminación artificial con semen de un semental de carreras de élite, campeón del mundo.

Se suponía que iba a ser la inversión definitiva: un potro de gran valor garantizado que le daría un giro a su vida. Pero allí, de pie en el oscuro establo, viendo cómo su yegua se asfixiaba, Ben se dio cuenta de que su apuesta se había convertido en una pesadilla.