Diez días después de la misión de rescate, Nastya estaba sentada junto al biólogo jefe en la oficina de seguimiento de la fauna silvestre, mirando fijamente la pantalla de un mapa digital de alta resolución. Antes de liberar a la osa, el equipo le había colocado un collar ligero de rastreo por satélite para supervisar su recuperación a distancia. El corazón de Nastya latía con fuerza mientras el sistema informático actualizaba la señal del día.
Un punto de rastreo de color verde brillante parpadeaba intensamente en la pantalla, mostrando sus coordenadas actualizadas a decenas de millas de distancia, en el límite del hielo marino abierto. El registro del sistema mostraba un movimiento constante y activo durante las últimas cuarenta y ocho horas, lo que confirmaba que era ágil, se desplazaba con facilidad y cazaba focas de forma activa en su hábitat natural.
«Mira justo ahí», dijo la bióloga, señalando el grupo de movimientos que se veía en el monitor. «Ha vaciado el alijo de pescado en el lugar de lanzamiento y ahora se mueve con soltura por el hielo marino». Nastya sonrió con calidez, contemplando las coordenadas en tiempo real en el mapa. En el fondo de su corazón sabía que aquella valiente hembra joven había vuelto por fin al lugar al que pertenecía: sana, salvaje y libre.