Amy aún estaba en la veintena cuando cambió la vida londinense por algo mucho más antiguo. En Essex, encontró una casita de campo que llevaba en pie unos 700 años. Era pequeña, torcida y estaba llena de vestigios de diferentes siglos. Para alguien a quien le encantaban las antigüedades y los edificios antiguos, eso no suponía ningún problema. De eso se trataba precisamente.
Esta decisión también encajaba con un cambio más amplio en su vida. Amy se había marchado de Londres para montar un negocio de antigüedades con sus padres y su hermano. Al poco tiempo, no solo vendía objetos con historia, sino que vivía en medio de la historia cada día. Las investigaciones revelaron que la casita había sido en sus orígenes una casa-salón medieval y que posteriormente había sido reformada, sobre todo durante el siglo XVII. De repente, sus vigas, sus paredes y sus extrañas proporciones cobraron sentido.
Amy no quería borrar todo ese carácter. Su reforma consistió en hacer que la casita resultara acogedora sin que pareciera nueva. La reparó, la decoró y la llenó de objetos que realmente le gustaban. El resultado no es una versión de exposición de la «antigua Inglaterra». Es una casa habitable con un pasado muy largo. Y la mejor manera de entenderla es recorrerla hoy, espacio a espacio.